Manifiesto
- A.G.

- hace 4 horas
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Donde florecen los naranjos
El archivo de una generación en espera

Este blog nació de una pausa larga, de una ausencia repetida y de una infancia puesta, sin ser consultada, en espera. «Donde florecen los naranjos» no es un blog sobre la migración en el sentido clásico de la palabra, sino un espacio de memoria, un archivo vivo de una generación que creció mientras sus padres se marchaban.
A comienzos de los años 2000, mucho antes de que Rumanía se convirtiera en Estado miembro de la Unión Europea, comenzó un fenómeno que transformaría profundamente la estructura de las familias en Rumanía y en muchos países balcánicos. La prensa de la época hablaba de la apertura parcial de las fronteras, de trabajo estacional y de oportunidades económicas en Occidente; sin embargo, detrás de estas formulaciones se escondía una realidad mucho más simple y más dura: la falta de alternativas y la necesidad de sobrevivir.
Tras el colapso económico de los años noventa, Rumanía y numerosos Estados de los Balcanes se enfrentaban a un alto desempleo, industrias desaparecidas, una agricultura escasamente apoyada y perspectivas limitadas para familias enteras. Al mismo tiempo, países como España e Italia necesitaban urgentemente mano de obra barata, flexible y dispuesta a trabajar en condiciones difíciles, en la agricultura, en plantaciones, invernaderos, en la construcción o en el cuidado de personas mayores. Así surgieron las primeras oleadas de trabajadores estacionales de Europa del Este: rumanos, moldavos, serbios, búlgaros; personas que subían a autobuses sin contratos claros, sin garantías y, muchas veces, sin saber exactamente a dónde llegarían.

España significaba la recolección de naranjas, fresas y hortalizas; Italia significaba también trabajo agrícola, labores domésticas y cuidados; y Alemania significaba trabajos temporales, mataderos y construcción. La prensa de los años 2001 a 2005 hablaba con frecuencia del espejismo de Occidente y del dinero enviado a casa, pero casi nunca de los niños que se quedaban atrás, de los pueblos habitados por abuelos y nietos, o de los domingos en los que el único vínculo con los padres era una llamada breve o una carta..
Nosotros éramos los niños que se quedaban.
Los niños que esperaban.
Esperábamos llamadas telefónicas, paquetes, vacaciones cortas y promesas de regreso, aprendiendo muy pronto a portarnos bien, a no hacer preguntas y a no pedir demasiado. Aprendimos que las emociones podían aplazarse, que la nostalgia debía gestionarse y que el silencio podía convertirse en una forma de adaptación. Esta generación nunca recibió un nombre oficial, no aparece en los manuales escolares ni en las estadísticas, pero es una generación que existe y que carga con las huellas de una infancia vivida entre ausencias.
«Donde florecen los naranjos» nació de la necesidad de crear un lugar para estas historias, porque cuando se habla de migración casi siempre se habla exclusivamente de los adultos: de decisiones, logros, fracasos e integración, y muy raramente de los niños que crecieron sin la presencia de sus padres. Este proyecto comenzó porque formo parte de esta generación, porque mi madre se fue a trabajar a España cuando yo era niña, y porque mi Europa no empezó con programas de movilidad o libertad de circulación, sino con un autobús, una despedida y una espera.
«Donde florecen los naranjos» no es un lugar. Es un recuerdo.
Una imagen de algo que estuvo lejos y que, sin embargo, moldeó nuestras vidas.
Comencé este blog para crear un espacio en el que estas experiencias puedan ser contadas sin vergüenza, sin juicio y sin explicaciones impuestas. Un espacio en el que la memoria personal se transforma en memoria colectiva.
Aquí no se trata de culpa ni de acusación, sino de hacer visible. De dar lugar a voces que durante mucho tiempo permanecieron en silencio y a experiencias raramente narradas, aunque siguen acompañándonos hasta hoy. Este proyecto es un archivo para estas historias, para mi historia y para las historias de otros niños. Para lo que pudo ser dicho y para lo que quedó sin decir. Para las rupturas, las esperanzas, las pérdidas y para seguir adelante.

«Donde florecen los naranjos» trata de nosotros, de los niños que se quedaron en casa, de una generación que creció entre la nostalgia y la responsabilidad, de una Europa que no comenzó de la misma manera para todos. Para algunos de nosotros, la Unión Europea empezó allí donde florecen los naranjos.
Si te reconoces en estas líneas, entonces este espacio se dirige a ti. Si tú te quedaste mientras otros se marchaban. Si para ti la memoria no es pasado, sino parte del presente.
Este es el comienzo.

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