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Marzo – sobre la regeneración y la familia como raíz

Foto del escritor: A.G.
A.G.
15 mar
11 min de lectura

"La familia es la primera escuela del corazón." - Ion Creangă


Hay familias que viven bajo el mismo techo y, sin embargo, se distancian silenciosamente. Personas que se ven todos los días, pero entre ellas se forman gradualmente distancias invisibles, hechas de malentendidos, orgullo o cosas que no se dijeron a tiempo. Y hay, al mismo tiempo

Con el tiempo, familias que terminan viviendo a miles de kilómetros de distancia, dispersas por diferentes ciudades y países, permanecen unidas por algo mucho más profundo que la geografía.


Mi familia es una de esas familias.


Durante más de veinticinco años hemos estado dispersos por Europa, cada uno con su propio camino, cada uno con su propia historia. Mi padre nunca salió de Rumanía mientras vivió, salvo para visitarnos. Se quedó allí, en el lugar donde nació y donde siempre sintió que estaban sus raíces. Para él, el hogar nunca fue negociable. Era el lugar donde encontraba paz y donde sentía que la vida tenía un significado simple y natural. Mi madre vive en España. Al principio fue una necesidad, una decisión tomada por responsabilidad y el deseo de hacer lo que muchas madres hicieron en aquellos años: irse para poder ofrecer a su familia una mejor oportunidad. Con el tiempo, sin embargo, la vida transformó esa necesidad en una elección. Los años que pasó allí se convirtieron en parte de su historia, y España se convirtió en el lugar donde continuó su vida. Cristina construyó su vida en Ingolstadt. Allí encontró su camino, su ritmo y su estabilidad. Mariana pasó primero por Italia, conoció otra cultura, otro mundo, y hoy está establecida en Hamburgo, una ciudad donde ha asentado su vida de una manera que le conviene. Y yo, tras casi dieciséis años viviendo en Alemania, volví a dar el paso de emigrar y llegué a Suiza. Esta vez, sin embargo, no sola, sino junto a mi familia, con mi propio mundo que construyo día a día.


Si nos fijamos en el mapa, parece que la vida nos ha llevado por caminos completamente distintos. Ciudades diferentes, países diferentes, cientos, a veces miles de kilómetros de distancia. Cada uno con su propia vida, con sus propias responsabilidades, con las personas que lo acompañan a diario. Pero si miramos desde dentro, desde ese lugar silencioso donde viven los recuerdos de la infancia, los valores que recibimos en casa y la forma en que fuimos criados, comprendemos que la distancia no separa a una familia.


La distancia solo puede existir en el mapa.


En realidad, lo que nos une son las cosas que aprendimos unos de otros y de nuestros padres. Lecciones sencillas pero esenciales que no se aprenden en los libros, sino que se viven día tras día.

Aprendimos a respetar nuestras decisiones, incluso cuando no son fáciles de entender para los demás. Aprendimos que cada persona tiene derecho a encontrar su propio camino y que a veces ese camino significa irse, empezar de nuevo, volver a intentarlo. Aprendimos que se nos permite cometer errores, que se nos permite tropezar a veces, pasar por momentos en los que no sabemos exactamente adónde vamos. Porque esos momentos son los que más nos enseñan sobre nosotros mismos y sobre la vida. Pero también aprendí algo quizás aún más importante: a no discutir por cosas que, con el tiempo, pierden importancia de todos modos, y sobre todo a no permitir que nadie rompa la conexión entre nosotros.


Agradezco a mi madre el esfuerzo y el sacrificio que hizo. Le agradezco el valor de marcharse cuando fue necesario y la fortaleza para seguir adelante en un mundo que no siempre fue fácil. Le agradezco todas esas veces en las que tuvo que ser fuerte, incluso cuando simplemente necesitaba ser madre.


Agradezco la educación que recibí de mis padres. Y no me refiero a escuelas, diplomas ni cosas que se puedan medir en documentos. Me refiero a la escuela de la vida, a las lecciones sobre dignidad, trabajo, responsabilidad y respeto. Lecciones que no necesariamente se expresaron con grandes palabras, sino que se manifestaron en su forma de vivir, en sus decisiones y en el cuidado que brindaban a su familia.


Quizás la lección más importante, sin embargo, fue la que aprendimos juntas, las hermanas: nunca romper el vínculo que nos une, pase lo que pase en la vida. Este vínculo se ha vuelto, con el tiempo, casi sagrado. Ni las personas, ni la distancia, ni los años transcurridos nos lo han arrebatado. Hemos permanecido unidas por el respeto, el cariño y esa confianza silenciosa de que, sin importar adónde nos lleve la vida, nunca estamos realmente solas. No hay peleas entre nosotras en el sentido en que muchos las entienden. Hay discusiones, momentos en que vemos las cosas de manera diferente, cuando la vida nos coloca en situaciones distintas y cada una tiene su propia perspectiva. Pero fuimos criadas con la idea de que las soluciones se buscan juntas, no unas contra otras. No hay lugar para el resentimiento . No hay orgullo más importante que el vínculo que nos une. Solo existe el deseo de encontrar la manera de seguir adelante, independientemente de las circunstancias.


Porque, en el alma, los lazos solo se rompen cuando las personas deciden dejar que se rompan.

La familia no es solo un hecho biológico. La familia también es una elección.


No elegimos a nuestra familia. No elegimos el lugar donde nacimos ni la época en que crecimos. La vida nos sitúa en un contexto determinado, en una historia concreta. Pero cada uno de nosotros elige, más adelante, cómo vivir esa historia y cómo contribuir a la familia a la que pertenecemos. Y quizás sea precisamente cuando uno vive lejos del lugar donde creció que mejor comprende la fuerza de esas raíces. Porque son las que nos dan estabilidad cuando el mundo a nuestro alrededor cambia. Son las que nos mantienen firmes cuando la vida nos lleva por caminos desconocidos.


La vida sigue su curso, y cada etapa nos exige aprender algo nuevo sobre nosotros mismos.


A veces, estas lecciones llegan silenciosamente, casi imperceptiblemente. Otras veces, llegan a través de cambios que no hubiéramos elegido, de rupturas, de despedidas, de comienzos inesperados. Pero al mirar atrás, comprendes que cada etapa influyó en nuestra formación como personas.


La migración es una de esas experiencias que transforman profundamente tu perspectiva del mundo y de ti mismo. Al principio, es solo un paso, una decisión práctica, un viaje impulsado por la necesidad, por el deseo de construir algo mejor, por la responsabilidad hacia la familia o el futuro. Pero con el tiempo, te das cuenta de que la migración no se trata solo de dónde vives, sino de en quién te conviertes.


Al vivir en otro país, empiezas a ver con mayor claridad cosas que antes considerabas normales. Empiezas a comprender lo que llevaste contigo de tu infancia, de la forma en que te criaron, de los valores que te transmitieron sin que te dieras cuenta. Aprendes a apreciar cosas que, cuando estabas en casa, parecían naturales: la forma en que la gente se saluda, las comidas familiares, las fiestas, el idioma en el que aprendiste tus primeras palabras, los chistes que solo entienden quienes pertenecen a tu cultura. Al mismo tiempo, aprendes a adaptarte. Aprendes otro idioma, otra cultura, otras reglas. Aprendes a moverte en un mundo nuevo y a encontrar tu lugar en él. Y en algún punto entre estos dos mundos, empiezas a construir tu identidad.


Ya no eres solo la persona del lugar donde naciste, pero tampoco te conviertes en alguien completamente diferente.

Te conviertes en una combinación de tus raíces y las experiencias que vives.


Para muchos de nosotros, quienes crecimos en familias marcadas por la migración, esta identidad se vuelve aún más clara con el tiempo. Porque, lejos de donde crecimos, comprendemos mejor lo que recibimos de casa y cuánto nos influyó. Entendemos que los sacrificios de nuestros padres no se trataban solo de dinero u oportunidades. Se trataban del futuro. Del deseo de crear un futuro mejor para sus hijos.

Y, sin darte cuenta, llevas esta historia contigo. En tu forma de trabajar, en la forma de construir tu vida. En la forma de fijar tus metas. Porque, para muchos de nosotros, el éxito personal no se trata solo de nosotros mismos. Es también una forma de honrar el camino recorrido por quienes nos precedieron. Es nuestra manera de continuar la historia.


Con el tiempo, uno aprende que la vida no es una línea recta. No existe un camino perfecto ni un plan inmutable. Solo hay etapas, decisiones, personas que aparecen en nuestra vida justo cuando las necesitamos y otras que se van cuando nuestro camino toma otra dirección. A veces, estas separaciones duelen; otras veces, traen consigo una paz que solo se comprende más tarde. Pero la vida tiene su propia manera de organizar las cosas. Trae a nuestro camino personas que nos ayudan a crecer, que nos desafían, que nos muestran nuevas perspectivas. Y a veces, con la misma discreción con la que las trajo, nos quita de la vida a personas que queríamos mucho.

Si esto es correcto o no, no está en nuestras manos juzgarlo.


Pero lo que sí podemos elegir es cómo seguir adelante.

Podemos quedarnos anclados en el pasado, intentando comprender por qué sucedieron ciertas cosas. O podemos aceptar que cada etapa tuvo su función y que la vida sigue adelante. Y cuando elegimos seguir adelante, descubrimos algo importante: que cada experiencia, cada camino recorrido, cada persona que ha pasado por nuestras vidas nos ha moldeado de una u otra manera. Nos ha hecho más conscientes de nosotros mismos y de lo que realmente importa. Quizás por eso la familia sigue siendo ese refugio interior al que siempre regresamos, incluso cuando la vida nos lleva lejos.


Porque la familia no es solo el lugar del que te vas, sino la raíz que te recuerda, estés donde estés en el mundo, quién eres y de dónde vienes.


Foto: Unsplash.com / Doriana Popa
Foto: Unsplash.com / Doriana Popa

Marzo es un mes que, para mí, simboliza precisamente esto.

Para nosotros, los rumanos, marzo significa Martisor. El hilo rojo y blanco que anuncia el comienzo de la primavera, la esperanza, el equilibrio entre las dificultades y las pequeñas alegrías de la vida, ese delicado instante en que el invierno comienza a retirarse lentamente y la vida regresa a la naturaleza. Es también el mes en que celebramos a la mujer, a la madre, esa fuerza silenciosa que mantiene unidas a las familias incluso cuando la vida se complica, esa presencia discreta que a veces no dice muchas palabras, pero que logra mantener el equilibrio de toda la familia con pequeños gestos, con paciencia y con un amor que no pide nada a cambio.

Después de tantos años en el extranjero, este año sentí por primera vez, de una manera muy profunda, algo que me recordó aquellos tiempos sencillos de mi tierra. Aquellos tiempos en los que se disfrutaba sinceramente de cada martișor, de cada flor ofrecida con el corazón y de cada pequeño gesto hecho con el alma, sin cálculos, sin prisas, sin la sensación de que todo tenía que ser perfecto. Era esa alegría sencilla que provenía del hecho de que la gente estuviera junta y de que cada gesto tuviera una intención sincera.


El 8 de marzo, me encontré rodeada de rumanos. Me invitaron al Club de Lectura Leute en Augsburgo como invitada especial para hablar sobre mi evolución a lo largo de los años, sobre el camino que he recorrido, sobre cómo la vida nos moldea cuando dejamos nuestro lugar de nacimiento y comenzamos a construir nuestras vidas en otros países. Fue un momento que viví con gran emoción, porque cuando uno observa su propio camino desde fuera, cuando se lo cuenta a los demás, empieza a comprender aún más claramente cuántas etapas, cuántos cambios y cuánta transformación hay detrás de cada paso.


Recibimos flores, vestimos martisors y comimos platos rumanos preparados con cariño por los participantes; platos que no solo eran sabores familiares, sino también recuerdos, porque cada uno llevaba consigo una parte de nuestra cultura y alma. Nos sentamos juntos y hablamos durante horas sobre la migración, sobre los desafíos de vivir entre dos mundos, sobre los diferentes caminos que cada uno tomó y sobre cómo cada experiencia nos moldeó. Pero lo que más me impactó no fueron solo las conversaciones o las palabras pronunciadas, sino la atmósfera. Había un cálido silencio entre las personas, una forma de entendimiento que no necesitaba largas explicaciones, porque cada uno de los presentes sabía, de una u otra manera, lo que significa partir, lo que significa reconstruir la vida en un lugar nuevo y lo que significa llevar dos mundos dentro de uno mismo al mismo tiempo.


No nos quejamos.

No critiqué los sistemas en los que vivimos ni la política.

No busqué explicaciones para todo lo que me resultaba difícil.

Hablamos de la vida tal como es, con sus etapas, sus desafíos, pero también con esos momentos de luz que aparecen cuando las personas deciden mantenerse abiertas y mirar hacia adelante.


Escuchamos poemas y citas de libros rumanos, palabras que, aunque escritas hace mucho tiempo, resonaron profundamente en cada uno de nosotros, porque hablan de identidad, de añoranza y de esa conexión invisible que tenemos con nuestro lugar de origen. Hablamos de identidad, de añoranza, del poder de empezar de nuevo en otro país y de cómo, aunque la vida nos lleve por caminos diferentes, ciertas cosas permanecen inalterables en nuestro interior.


Para mí fue una reunión que me hubiera gustado tener hace muchos años.

Quizás porque en aquel entonces no habría tenido las palabras adecuadas para comprenderlo del todo, pero hoy puedo ver claramente lo importante que es contar con espacios donde las personas puedan contar sus historias sin miedo, sin prejuicios y sin necesidad de demostrar nada.


Agradezco profundamente a Paula Ciupag la invitación y, sobre todo, el hecho de que gracias a ella tuve la oportunidad de conocer a personas igualmente sensibles y valiosas. Personas que entienden que nuestras historias no son solo recuerdos personales, sino fragmentos de la historia de una generación que creció entre dos mundos, entre la añoranza y la responsabilidad, entre la partida y el deseo de construir algo nuevo.


Esa reunión confirmó una vez más la visión que tengo para este blog.

Las historias no son solo textos.

Las historias son experiencias.

Son emociones, experiencias, recuerdos que nos han moldeado y que merece la pena conservar no solo para nosotros, sino también para quienes vengan después de nosotros.


Estas historias merecen ser contadas, preservadas y compartidas con la gente de los países donde vivimos hoy, los países que nos acogieron, donde crecimos personal y profesionalmente, donde construimos nuevas vidas y donde intentamos, cada uno a su manera, contribuir a la sociedad de la que ahora formamos parte. Porque solo a través de estas historias podemos comprender verdaderamente lo que la migración significa para algunos de nosotros y los sacrificios que conlleva, pero también la fortaleza que descubrimos en nuestro interior cuando decidimos seguir adelante.


Hoy es domingo, 15 de marzo.

Tras tres días de lluvia, miro por la ventana hacia Erlenpark (Basilea) y observo cómo el verde se intensifica. Es como si la naturaleza recordara que la primavera siempre llega, incluso después de los días más grises, y que también posee una extraordinaria capacidad de regeneración. Y entonces me doy cuenta de que la vida es así. Tras tiempos difíciles, tras años en los que cargamos con tristeza o preguntas sin respuesta, siempre existe la posibilidad de volver a florecer. A veces no sucede de inmediato, porque ciertas respuestas solo llegan con el tiempo y la madurez que adquirimos al vivir. A veces se necesitan años para comprender el significado de algunas cosas, pero la vida siempre nos brinda esta oportunidad.


Así como los árboles conservan sus raíces aunque crezcan en direcciones diferentes, nosotros también llevamos dentro de nosotros la familia de la que provenimos. Y esta raíz nos da la fuerza para seguir adelante, para construir, para triunfar y para hacernos oír en el mundo en que vivimos. Y quizás esta sea una de las formas más silenciosas, pero también una de las más poderosas, de gratitud hacia nuestra familia.


No olvidemos de dónde venimos.

Y elijamos, dondequiera que estemos en el mundo, prosperar.



Créditos de la imagen

Fotos: archivo personal

Materiales: Leute Magazin – https://leutemagazin.de

Libro: Sinidisis, Laurian Graef

Al leer las palabras de Sinidisis de Laurian Graef, me doy cuenta de que, más allá de los caminos que la vida nos abre o nos presenta, lo que realmente permanece son los lazos que nos unen. Las raíces, el amor, no desaparecen con la distancia; nos acompañan adondequiera que vayamos. - Gracias.



 
 
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